LA VISPERA (de Pilar Dughi)
Abrió la puerta del recinto e introdujo su figura en él. Depositó las túnicas sobre la banca de madera, al lado de la tosca mesa paseando su mirada entre las sombras ilimitadas dela tarde, buscando una presencia. Detrás del tejido ocre y opaco que separaba los espacios, cruzó la habitación hacia el lecho sintiendo en la oscuridad cerrada, el aire tibio, la tribulación atroz e inmensa como en el principio del mundo y los días infinitos de las tinieblas. La sospechó agazapando su cuerpo bajo la manta, temblorosa, como una virgen portando su lámpara aceitada hacia el encuentro del esposo; distinguiola a través del recorrido de sus manos, la calidez de la piel, el cuerpo tibio, extenso y ofrecido; aproximose entonces, cercándola. La imagen clara sobre la cama, el cabello espeso, el pecho descubierto y quieto, el abdomen suave y palpitante. Tendido sobre ella, deslizándose en las oquedades blandas, escurriéndose, transpirado juntos en el vaivén del sudor lento y los labios, buscándose, agitados, confundiéndose en el placer interminable de las profundidades oceánicas y los quejidos, exhalándose en oleadas, abandonándose. Luego el silencio y la calma. Él, irguiéndose de pronto, desnudo en la noche insepulta bajo el halo claro de sus rizos, la contempla. En la quietud turbada, ella, frente al hambre que ahora parte, “Mi Señor, te vas, demasiado pronto”. Y él asiente con gesto sombrío y perpetuo, a María Magdalena, inmóvil, en aquel día primero de los Acimos en la última Pascua.
